La historia de Wakj

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Era una tarde de verano del año 7.457.988 A.C. en una cueva ubicada al pie de un monte cercano a una planicie de la selva africana. Lucy iniciaba el trabajo de parir a su quinta cría.

Habían pasado otros tantos millones de años desde el último avance glacial, durante los cuales los hielos habían retrocedido y los períodos de frío fueron reemplazados por intensas lluvias que hicieron subir el nivel del mar. Poco a poco, el paisaje y el clima del planeta fueron tomando una nueva fisonomía. Todas estas transformaciones climáticas determinaron una gran variación en la flora y la fauna terrestres.

Lucy era la descendiente directa de un grupo de primates superiores que había comenzado algunos miles de años antes a bajar de los árboles al suelo. La selva había comenzado a reducirse y debían buscar alimento en el suelo, a campo abierto, para sobrevivir. Los ancestros de Lucy caminaban apoyándose sobre los nudillos de sus manos, pero poco a poco se fueron irguiendo y desde hacía ya varias generaciones que habían liberado sus manos pudiendo empuñar piedras y palos para matar pequeños animales o para defenderse de los grandes mamíferos.

Lucy era una primate especial. Tenía un brillo diferente en su mirada que por supuesto no podía ser percibida por sus congéneres. Ella se quedaba durante largas horas mirando el horizonte, atraída por la profundidad y la intuición de que algo interesante sucedía más allá de donde su vista alcanzaba. En ese momento ya había parido cuatro crías saludables, inquietas y juguetonas. No bien lograban dar sus primeros pasos solos y salían corriendo saltando de matorral en matorral, subiendo y bajando de los árboles.

Su quinta cría sería diferente. Wakj nació igual que sus hermanos, sólo que tardó mucho más tiempo en lograr moverse por sus propios medios. Se veía inseguro e indefenso. Era claro que la dependencia de su madre era mucho mayor. Lucy empezó a observarlo de una manera diferente que a sus otros hijos, como si de alguna forma reconociera la inmensidad del horizonte que antes le embelesaba, reflejada en los ojos de Wakj, quien había heredado el mismo brillo de la mirada de su madre.

Lucy y Wakj pasaban mucho tiempo mirándose uno al otro. Se reconocían, se acariciaban, se cuidaban mutuamente. Pronto Wakj empezó a producir unos sonidos diferentes que llamaban la atención de la manada. Acostumbrados a los chillidos y a los gritos de todos los días, quedaban sorprendidos cuando escuchaban una especie de quejido gutural acompañado de un gesto inusitado en su rostro. Es como si estuviera haciendo un gran esfuerzo por controlar los sonidos que emitía. Wakj se llevaba las manos al rostro e intentaba sentir la fuerza del aire expelido por su boca. Poco a poco fue dominando mejor los sonidos y empezó a jugar con algunas combinaciones. “Mmmm ap… mmmmm”, algo así podría escucharse que decía. Esos sonidos iban por lo general acompañados de algunos signos, posiciones y actitudes corporales.

Wakj señalaba a su madre y a su padre pronunciando sonidos diferentes que cuando señalaba a sus hermanos o a los otros miembros de la manada. También cuando tenía hambre o le ofrecía algo de comer a sus hermanos, hacía gestos extraños que incluían algunos abrazos que bien podían leerse como expresiones amorosas. 

Wakj, solía alejarse regularmente del territorio de su manada para explorar otros lugares. Caminaba bastante más erguido que sus hermanos y miraba cuidadosamente todo lo que iba encontrando a su paso. Tocaba la textura de las hojas de los árboles, olía el aroma de las flores, escuchaba el sonido del río y del viento, descubría el calor del sol sobre su piel. A veces se quedaba embelesado contemplando el vuelo inquieto de un colibrí o el majestuoso despliegue de un águila escudriñando en el cielo por su próxima presa. Wakj era un gran observador, que disfrutaba de conocer todo lo que la naturaleza ponía en su camino.

Pero el lugar preferido de Wakj era un árbol, bajo cuya sombra se sentaba por largas horas, mientras acariciaba una manzana antes de comerla. Tomaba la manzana, la miraba, la olía, la tiraba hacia arriba y la recogía con su mano derecha, la mordía lentamente y suspiraba. Definitivamente algo estaba pasando por su cabeza. Recostado sobre el tronco del árbol miraba el horizonte, el mismo horizonte que tanto atraía a su madre. Su mirada era la misma. Wakj pensaba algo, no había duda.

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