"Para qué me curaste cuando estaba herío
si hoy me dejas de nuevo con el corazón partío."
Como en la famosa canción de Alejandro Sanz, la historia de mi "corazón partío" ya tiene ribetes de novela existencial.
Todo empezó una tarde de mayo de hace muchos, muchos años, en la fría ciudad de Bogotá, cuando una joven pareja conformada por un procer intelectual en ciernes y una santa madre adolescente, se preparaban para recibir a su esperado primogénito.
Tal vez por el mismo frío de esa época, que calaba los huesos y hacía tiritar los cuerpos, el esperado retoño nació con un pequeñísimo hueco en su corazón. Tan pequeño que pasó desapercibido por muchos años.
No fue si no hasta 27 años más tarde que una acuciosa doctora bogotana encontró con gran preocupación, ese silencioso orificio que a pesar de ser asintómatico, ya le generaba a su portador una extraña sensación de vacío existencial. Era como si "algo" necesitara ser llenado con múltiples exploraciones, insaciable curiosidad e incorregible inquietud.
No fue suficiente la aparatosa intervención que en esa época intentaron los mejores cirujanos del país, quienes con sierra en mano y atrevido bisturí, colocaron un parche que aparentemente cerró en forma imperfecta el famoso huequito. El riesgo médico quedaba controlado pero la sensación de vacío persistía.
Pasaron los años, otros 26 para ser exactos y en forma sorpresiva el "corazón partío" se aceleró a ritmo de taquicardia, como advirtiendo a su portador que tenía que ir más despacio, que tenía que tomarse las cosas con más calma. Y efectivamente, a partir de ese momento y con un esfuerzo no menor, el inquieto crío se empleñó durante un par de años en ser más paciente, en esperar, en "aminorar", hasta un punto tal en que al parecer se le pasó la mano y nuevamente el vital músculo se hizo sentir. En esta ocasión a ritmo de bradicardia, como diciendo: "lento, pero no tanto!!!"
"Al fin cómo es la cosa???", fue el reclamo desesperado de su dueño. "Palo porque bogas y palo porque no bogas". Y además el vacío persistía en algún lugar inexpugnable, como recordándole que "algo hacía falta". Fue entonces realmente inevitable sentirse confundido, desconcertado y ciertamente algo deprimido. Pasaron los días y los meses, en una lucha ingente e infructuosa. El cansancio, se transformó en agotamiento, el agotamiento en miedo y el miedo en parálisis.
(Leer más)
Comentarios recientes
hace una semana
hace 3 meses
hace 4 meses
hace 4 meses
hace 5 meses
hace 5 meses
hace 6 meses
hace 6 meses
hace 6 meses
hace 6 meses